Queridísima Miau:
Ayer a las doce del mediodía comenzó oficialmente la primavera en Mallorca.
A los árboles del Borne ya les salen hojas verdes y el limonero que plantaron en el patio está lleno de flores blancas.
Todo tiene un aspecto distinto que hace dos días; como si la ciudad fuera un cuadro pintado únicamente con muchas tonalidades de azules, verdes y amarillos.
Y de camino a tenis paso con el bus por el paseo marítimo y veo el mar brillante bajo el Sol y veo el césped verde y vivo y las palmeras que parece que toman el Sol y todo es tan bello y armonioso y siento que todos los elementos, de la escena que estoy presenciando, tienen paz y sonríen. Sonríen de una manera tan distinta a la nuestra que ni siquiera nos damos cuenta, pero lo hacen, están todos tan llenos de hermosura y alegría que no pueden evitar sonreír. Una sonrisa conjunta. La sonrisa de la tierra.
Pocas son las veces que he sentido algo semejante.
Pero solía pasarme contigo.
Solía estar absorbida por algún relato del que me desprendía de manera súbita, como si algo te estirase del pie mientras duermes, como si Mario ladrase a mi lado, como un disparo de consciencia que mataba a mi yo espectador que sólo veía cómo se desarrollaban las vidas de los personajes de mis libros. Entonces levantaba la cabeza y miraba a mi alrededor y veía los objetos extraños acumulados en las estanterías, la ropa sobre el piano, las botellas en el suelo y a ti, toda enroscada sobre alguna nueva creación enrevesada, llena de pegamento y purpurina, rodeada de cartones y trozos de telas con lentejuelas.
Tú, en medio del caos. El paisaje más acogedor y luminoso.