domingo, 5 de febrero de 2017

Mi animal favorito eres tú

Érase una manada de perros callejeros o mejor dicho una camada de cachorros que huyeron de sus casas porque no se sentían mascotas de nadie.
Los cachorros sobrevivían juntos pero a duras penas.
Mi cachorro favorito era uno de color marrón claro casi naranja como un zorro. Era casi un zorro.
Tan bello y escurridizo.

Mi pequeño y hermoso zorrito estaba herido, tenía una herida tan profunda y tan infectada que nunca se sentía cómodo.

Mi zorrito se separó de la camada y siguió a un hermosisimo dogo blanco y esbelto como una estatua griega.

Mi zorrito se llenó de cristales la herida y esta no dejaba de sangrar. Cada paso que daba dejaba un rastro de sangre ligera y brillante. El dolor punzante y constante de la herida hacia que mi zorrito viviera triste y furioso.

Mi zorrito furibundo atacó a un hombre que había sido malo y por ello acabó en la perrera.
Allí limpiaron y cosieron su herida. Pero se quedó con algunos cristalitos dentro. Cada vez más dentro.
Para que el zorrito no perdiese la costumbre de cazar y así asegurarse de que al salir de la perrera siguiera alimentándose como debía, le permitían salir a conocer el terreno.

El zorrito llevaba tanto tiempo en cautividad que se movía como incómodo en su propia piel. Eso me pareció cuando le vi por primera vez.

Yo soy un tatú carreta y mi cuerpo está acorazado para protegerme de la vida. Por eso creo que tardé tanto en hablar con el zorrito.

El zorrito me habló de la perrera y de que él era un zorro y no un perro y que por tanto no tenía ningún sentido que le tuvieran encerrado allí. A mi eso me dio un poco igual, yo solo quise saber cómo estar más cerca de mí zorrito.

El zorrito y yo no aguantamos mucho sin enredarnos. Le cuidé lo mejor que supe, cometí errores grandes y me lo dijo y por ellos pedí perdón como si el zorrito fuese Dios.

Pero cada vez que había un poco de calma aparecía algún perro callejero amigo y le mostraba un hueso y se contoneaba frente a mi zorrito para que este volviera con ellos.

Y mi zorrito les miraba y les olía y les aullaba.
Y yo sabía que se iría con ellos un día.
Y quería arrancarme la coraza y dársela al zorrito para que nunca más volviera a sufrir de heridas sangrantes porque si se iba con ellos Dios sabe que iba a volver a llenarse de cristales las heridas.
Pero no puedo arrancarme nada
Igual que mi zorrito no puede quedarse conmigo
Son limitaciones innatas.
El zorrito necesita adrenalina y yo necesito tranquilidad. 
Me sabe mal amar al zorrito porque sé que a los zorros les molestan los animales acorazados.
Pero peor me sabe el rechazo del zorrito, que sólo puede amar a su camada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario